Un país que se comprende a si mismo puede presentarse mejor ante el mundo. Palabras de un reconocido antropólogo, sociólogo e historiador proveniente de la provincia de Chiriquí. Un investigador incansable que impulsó la conservación de las cuencas del Canal de Panamá y la valoración del patrimonio humano detrás de los procesos históricos de un país. Fue investigador asociado del Smithsonian Tropical Research Institute (STRI) desde 1983, y dirigió el Galeta Point Marine Laboratory en Colón hasta el año 2020, impulsando la investigación marina, formación docente y divulgación científica. Por esto y mucho más, Stanley Heckadon-Moreno es nuestro Invitado Especial y conversa en exclusiva con The Visitor – El Visitante sobre la necesidad de integrar ciencia, memoria y educación como pilares para construir identidad y proyectar un turismo auténtico.

Después de tantos años recorriendo Panamá, ¿qué es lo que más le sigue sorprendiendo del país?
“La antropología, la sociología y la conservación del medio ambiente han sido disciplinas en las que he trabajado durante buena parte de mi vida. Panamá, aunque es un país pequeño, posee una diversidad cultural enorme. La costa Caribe está vinculada íntimamente, a lo largo de siglos, con las islas caribeñas: en la música, en las costumbres, en la lengua. En cambio, uno entra al Pacífico y es otro mundo distinto. Y si va a Darién, la diferencia es todavía mayor.
Cuando trabajé en Darién pensaba mucho en qué iba a ocurrir cuando llegara la carretera Panamericana. Para mí, estar en Darién era tan diferente a Chiriquí. De todas las provincias, Chiriquí es quizá la más vinculada culturalmente con Centroamérica. Como antropólogo, cuando estaba en Honduras, El Salvador, Guatemala, Nicaragua o Costa Rica, sentía que los chiricanos compartimos muchísimas cosas con ellos, no solo por la cercanía histórica con Cartago, donde terminaba la Capitanía General de Guatemala. Incluso en el lenguaje.
Por ejemplo, yo crecí usando el término *chapear*. Uno chapea el potrero, el cafetal. Cuando llegué a Azuero a trabajar con campesinos y pregunté cuántas veces chapeaban, me miraron extrañados: “¿chapear qué es?”. Para ellos era *limpiar*. Esos detalles lingüísticos revelan mundos culturales distintos.
En Darién me llamaba la atención la cultura darienita, especialmente la afrodescendiente: el repique del tambor, la forma de bailar, la manera de hablar. Tienen lo que los lingüistas llaman doble negación. Te dicen: “No, no voy a irlo”, queriendo decir que sí van a ir. En Chiriquí eso no ocurre.
A través de la música uno entiende mucho. A mí me gustan todas las cumbias, pero la que más me gusta es la churrrerana. También trabajé con campesinos del río Chagres, del lago Gatún, entrevistando a muchos de los más viejos, de los últimos que vivieron la construcción del Canal. Para ellos, ese proceso fue la muerte del río Chagres. Cuando se cerraron las compuertas y comenzó a formarse el lago, el mundo que conocían desapareció.
Hablar con esas personas fue fascinante. Culturalmente estaban muy vinculados a Portobelo, al negro costeño de Costa Arriba y Costa Abajo, cuyo epicentro religioso es el Cristo Negro. Y ese santo es distinto al Cristo de Alanje, y a su vez distinto al de Atalaya. A través de la religiosidad también se comprenden las culturas.
Panamá, con toda su pequeñez, es extremadamente diverso.
Mi primer libro, por cosas del destino, fue la historia de un criollo de Bocas del Toro. En ese momento yo trabajaba en la demarcación de las comarcas indígenas, tratando de garantizar la seguridad de la tenencia de la tierra para los pueblos originarios, algo que luego quedó reflejado en la Constitución del 72.
Escogí Bocas porque aún no había carreteras y los grupos humanos permanecían donde habían estado desde fines del siglo XIX y comienzos del XX: los criollos de habla inglesa, los ngäbe, los buglé, los latinos. Mi plan era revisar archivos de gobernación y alcaldías para hacer un primer mapa.
Pero al llegar descubrí que los archivos se habían quemado. El gobernador decidió que la historia empezaba en 1968; sacaron todo, una tormenta eléctrica prendió fuego y cuando los bomberos apagaron el incendio, aquello quedó hecho un masacote.
Yo no me deprimo fácilmente, pero estaba golpeado. La señora donde comía, Susy Grenald, me notó y me preguntó qué pasaba. Le conté. Ella me dijo: “No se preocupe, vaya donde Mr. Rick”.
Fui a ver a ese señor, ya mayor. Le expliqué mi misión. Mientras hablaba, él me miraba fijamente, tanto que pensé que había alguien detrás de mí. De pronto me dijo en inglés: *My son, I knew you were coming*. Hijo, yo sabía que usted venía.
Le respondí que era imposible, que nadie sabía. Y levantando la mano me dijo: *God told me*. Dios me dijo.
Nunca quiso que lo grabara, por sus creencias en la magia. Todo lo escribí a mano. Años después regresé con mi esposa y seguimos reconstruyendo, a través de su memoria, buena parte de la historia de Bocas del Toro.”
Usted suele hablar de su experiencia en el río Chagrés ¿Qué le enseñaron las experiencias en esta región?
“Cuando recién me gradué de antropología en Colombia trabajé con pescadores negros de las Islas de San Bernardo. En ese momento casi nadie estudiaba pescadores; eran vistos como un grupo de tercera categoría frente al campesinado o el proletariado urbano. Mi tesis terminó siendo de las primeras sobre comunidades de pescadores en el país, a inicios de los años setenta.
Bocas del Toro siempre me atrajo muchísimo porque es un mosaico humano extraordinario. Son grupos muy distintos que, de una manera u otra, aprendieron a convivir dentro de ecosistemas igualmente diversos.
Cuando fui al río Cricamola encontré comunidades ngäbe; en el Calovébora estaban los buglé y los sabaneros, con otra forma de hablar, otra música, otra comida. Bocas, en ese sentido, es casi un experimento humano. Es un sistema ecológico que nos conecta con la costa Caribe de Centroamérica y con las islas del Caribe, de donde llegó mucha gente a trabajar en las bananeras durante más de un siglo: hondureños, nicaragüenses, costarricenses, jamaiquinos, barbadenses.
Bocas tiene muchísimo que ofrecer. Recuerdo que en los años ochenta traté de llevar un pequeño crucero, el *Polaris*, de unos sesenta pasajeros. Pero no había muelle. El barco tenía que fondear y la gente debía bajar en cayucos o piraguas. El pueblo no estaba preparado para recibirlos.
Es como si tuviéramos un tesoro enorme —ecológico, cultural, histórico, geográfico— y no hubiéramos sabido dónde colocarlo. Un diamante en bruto que nunca aprendimos a montar en una joya.
La gente de Chiriquí, por ejemplo, muchas veces no dimensiona cuán conectado estuvo Bocas con el mundo desde el siglo XIX. Con el banano llegaron vapores noruegos y estadounidenses, y con ellos conexiones musicales con Nueva Orleans, Savannah o Nueva York. Sin embargo, durante mucho tiempo no hubo ni siquiera un letrero que explicara esa riqueza.
Todo eso puede expresarse en la música, en la gastronomía, en los bosques. El bosque de la costa bocatoreña es muy distinto al de Chiriquí o al de Azuero. La geología de millones de años también nos da ventajas comparativas enormes.
En un momento me tocó dirigir un proyecto que buscaba precisamente eso: entender cómo, a partir de la geología y la ecología, podíamos promover el desarrollo de la provincia. Son muchos factores, pero el potencial siempre ha estado allí.”

¿Qué nos hace falta para convertirnos en un destino inolvidable?
“Mientras no tengamos instituciones educativas de primera línea, como deberíamos tener, en donde el estudiante sepa por qué su provincia es extraordinariamente bella, de dónde surgió, cuántos millones de años tiene la roca que está viendo, será muy difícil construir una oferta turística verdaderamente sólida.
La geología habla. Ese fósil que uno encuentra es la huella de criaturas que vivieron millones de años atrás. Poder contarle eso al visitante es abrir una puerta inmensa.
¿Cómo surgieron estas islas? ¿Cuándo aparecieron? ¿De dónde vino la gente que las habita? ¿Cuáles son sus usos y costumbres? ¿Quiere escuchar la música? Vamos a tal lugar. Este cayuco, ¿de qué madera está hecho?, ¿por qué? Este canalete, ¿por qué tiene esa forma? ¿Por qué los cayucos de aquí son distintos a los de Darién?
Promover las provincias —que en última instancia es donde se va a desarrollar una industria turística más allá del Canal— tiene que partir de un sistema educativo donde la ciencia esté presente. Eso motiva al estudiante y al profesor a aprender geología, ecología, hidrología; a entender la historia de los ríos, por qué llevan los nombres que llevan; a conocer las fiestas y las razones por las que se celebran.
Sin esa base, el discurso turístico se queda vacío.”
¿Cuándo Panamá entendió que la conservación de la naturaleza asegura el futuro del país?
“El destino me dio la oportunidad de trabajar en la creación de varias áreas protegidas del país: el Parque Nacional Soberanía, a orillas del Canal; el Parque Nacional Chagres, en las cabeceras del río Pequení, el Boquerón y el propio Chagres; el Parque Nacional Darién; y el Parque Internacional La Amistad. En los años ochenta pude colaborar en el impulso de todas ellas.
Quizás el que más satisfacción me produjo fue el Parque Nacional Chagres, por la crisis que se vivía en ese momento. En 1983 se presentó una fuerte corriente de El Niño. Poco se hablaba de eso en Panamá; el sistema educativo no había preparado a la gente para entender fenómenos como El Niño o La Niña. Sin embargo, los biólogos marinos advertían que el impacto sería grande.
Se vino la sequía. El panameño tenía —y todavía tiene— la idea de que la lluvia la manda Dios y el agua la da el alcalde. No había conciencia de de dónde venía el agua que salía por la pluma. Se consumían alrededor de 250 galones por familia al día. Una locura. Abríamos el grifo con total confianza, como si ese recurso fuera infinito.
Nos llamaron a la Presidencia a un grupo pequeño de investigadores. El presidente nos dijo: “Nos informan que la sequía será brutal. Habrá que bajar el calado de los barcos y posiblemente racionar el agua potable”. Para un país acostumbrado a desperdiciarla, aquello podía sentirse como un ataque a la soberanía.
Organizamos entonces un grupo interinstitucional. Por distintas razones quedé coordinándolo. Al principio no nos hacían mucho caso. Recuerdo que un mayor de las Fuerzas de Defensa me dijo: “Mientras aquí no haya peso político, vamos a seguir reuniéndonos sin lograr nada”.
Nos sugirió hablar con el coronel Macías, jefe de la policía. Fuimos a la comandancia el doctor Jaime Espinosa y yo. El coronel preguntó quiénes debían asistir a las reuniones. Tomó el teléfono rojo y empezó a llamar ministros y directores: los regañó a todos. A partir de ese momento los auditorios se llenaban; cien, doscientas personas.
Fue un éxito.
Cuando presentamos los resultados, el presidente —ya era Eric Arturo Delvalle— anunció algo extraordinario. Dijo: “Antes de venir para acá firmé el decreto que protege las últimas 200 mil hectáreas de selva en las cabeceras de los ríos Chagres, Pequení y Boquerón”.
Ese día nació el Parque Nacional Chagres.
Siempre he dicho que ese fue el momento en que compramos el seguro de vida del Canal de Panamá y del agua que consumen nuestras potabilizadoras. De todos los parques en los que participé, ese fue el que más satisfacción me dio.”
Preservar la naturaleza crea productos turísticos de valor, ¿Puede dar un ejemplo de cómo esto pudo impulsar el aviturismo en Panamá?
“Había un investigador que siempre me recordaba a don Quijote. Alto, desgarbado, llevaba años estudiando las cigarras de Barro Colorado. Le encantaban los patacones y la cerveza negra. Cuando venía de Chicago, donde pasaba buena parte del año, prefería quedarse en un cuarto sin aire acondicionado ni abanico; quería sentir el calor tropical en contraste con la nieve.
Eso fue a inicios de los años ochenta, poco después de la firma de los tratados.
Alguien le dijo que yo estaba trabajando en la intersección entre sociología, antropología y ecología, y un día llegó a verme a la oficina de Planificación, en el Casco Viejo. Me preguntó directamente: “¿Qué va a hacer Panamá con los bosques de la Zona del Canal? ¿No cree que deberían protegerse?”
Comenzamos una amistad. Era un ecólogo brillante y conocía a la élite mundial de esa disciplina, que en ese tiempo casi ni se mencionaba en Panamá.
Entre patacones y cervezas, en una cantina de la calle J, me hacía preguntas que me dejaban pensando. “¿Cuántos días se queda el turista promedio en Panamá?”
Tres, le decía yo: el día que llega, el de la Zona Libre y el día que se va. “¿Y en Costa Rica?” Quince, me respondía.
Luego empezaba a lanzar cifras: millones de observadores de aves alemanes viajando por el mundo, las membresías de la Audubon Society, la Wildlife Society… millones de personas interesadas en la naturaleza tropical.
Yo no tenía cómo rebatir eso. Entonces venía la pregunta clave: “¿Tú sabes que los bosques de Panamá son los más accesibles de América Latina? ¿Cuántos barcos pasan por el Canal? ¿Cuántos pasajeros?”
Fue la primera vez que entendí, con claridad, el potencial gigantesco del turismo ecológico asociado a la reversión de tierras.
Cada vez se ponía más impaciente: “¿Ya Panamá decidió qué hacer con esos bosques?”
Le decía que esas decisiones dependían del presidente. En ese momento yo presidía la Asociación Panameña de Antropología y una de sus miembros era muy amiga del general Torrijos. Le pedí ayuda para conseguir un sobrevuelo en helicóptero con este científico, para que pudiera explicarle al general la importancia de proteger el Madden Forest Reserve y Pipeline Road.
Se organizó el viaje.
Por coincidencias de la vida, ese día mi madre tenía cosecha de arroz y, siendo hijo único, me tocó ir. Mi esposa ocupó mi lugar.
Durante el vuelo, con su español limitado y el inglés limitado de Torrijos, el científico logró transmitir la idea central: si esos bosques se protegían, llegarían miles de turistas que se quedarían más tiempo, comprarían libros, camisetas, recuerdos; Panamá se posicionaría mundialmente.
Cuando el helicóptero aterrizó, Torrijos dio la orden: “Hagan esa vaina”. Y así se hizo.
Por eso uno de mis libros está dedicado a ese hombre, por el papel decisivo que tuvo en abrirnos los ojos.”

¿Qué falta para que el país logre el salto hacia el desarrollo turístico integral?
“Panamá tiene una cantidad inmensa de historias que contar. Por su ubicación geológica, es el puente que unió Norte y Sudamérica y que, al mismo tiempo, separó las aguas del Caribe y del Pacífico, dos océanos cercanos pero profundamente distintos.
Eso, para el visitante, es una experiencia extraordinaria.
Pero para poder hablar con propiedad de la geología de Panamá necesitamos escuelas de ciencias geológicas de primera línea. Muchas de las investigaciones más importantes sobre nuestro territorio las han hecho extranjeros que se enamoraron del istmo.
Entre ellos recuerdo a Anthony Coates, del Smithsonian, un inglés extraordinario que dedicó su vida a estudiar el surgimiento del istmo. Él se paraba frente a una roca y le hablaba a uno de millones de años atrás, y la gente quedaba fascinada.
¿Cómo surgieron las islas? ¿Qué ocurrió durante las épocas glaciales, cuando el nivel del mar bajó y se podía caminar hasta el archipiélago de Las Perlas? ¿Cómo migraron las especies de norte a sur y de sur a norte? ¿Cuáles se quedaron y cuáles no?
Las rocas cuentan la historia del planeta y nos dicen dónde estamos en el movimiento de las placas tectónicas.
Luego está la botánica. Los bosques de Panamá están conectados en parte con Centroamérica y México; en parte somos suramericanos; en parte caribeños; y en parte tenemos historias propias del Pacífico. Esa mezcla es única.
Siempre me apasionó la historia de los naturalistas, como los del Missouri Botanical Garden, que produjeron la gran obra de la botánica de Panamá en decenas de tomos. Es un trabajo monumental que puso al país en el mapa científico mundial.
Panamá es, muchas veces, más famoso afuera que adentro.
Ahora bien, hay un problema serio. Podemos tener grandes investigadores, pero llega el momento de divulgar. Publicar libros, revistas, materiales accesibles. Y conseguir fondos para eso es dificilísimo.
Si no fuera por donaciones privadas, muchas obras fundamentales nunca habrían visto la luz. En la mayoría de los casos, pareciera que solo interesan las ferias, las fiestas, el folclor —que son importantes, claro—, pero dejamos de lado la divulgación de por qué somos relevantes desde el punto de vista ecológico, geológico o histórico.
Necesitamos que quienes tienen recursos entiendan que apoyar la publicación de estos trabajos es invertir en el futuro del país. No hablo solo de revistas científicas; hablo de libros que inspiren, que formen, que motiven a los jóvenes.
Cuando eso se logra, el impacto es enorme. He visto niños transformarse al descubrir estas historias.”
En sus últimos libros” La Niña Jenny” y “Cuentos a la Vera del Río y la Mar” usted vuelve a los relatos de la gente. ¿Por qué?
“Porque la historia entra por el corazón. En “La Niña Jenny”, por ejemplo, permite que las familias de hoy descubran a sus antepasados del siglo IXX en Veraguas, cómo vestían, cómo celebraban. De repente el pasado se vuelve cercano.
Y cuando uno se reconoce en la historia, nace el deseo de preservarla y compartirla. Eso es fundamental para cualquier proyecto turístico que busca el relato y la experiencia auténtica con el turista”.

Si tuviera que resumir un mensaje para el turismo en Panamá, ¿Cuál sería?
“En mis últimos libros, especialmente *La Niña Jenny* y *Cuentos de la Vera del Río y la Mar*, intento que el lector se acerque a los fundamentos sociales y a la herencia cultural de Panamá a través de historias concretas, profundamente humanas.
*La Niña Jenny* está construido a partir de las cartas de una joven de la alta sociedad neoyorquina del siglo XIX que se casa con un panameño de Santiago de Veraguas, Bernardino del Valle Zemená, pariente de don Gustavo Zemená y, además, el primer panameño graduado en Derecho en Harvard.
Bernardino llegó a Nueva York sin dominar el inglés. Le recomendaron estudiar con una mujer cultísima, doña Rhoda White, que enseñaba inglés conversacional a extranjeros. Allí, al llegar, se topó con la famosa puntualidad anglosajona. Mientras hablaba con la madre, vio bajar por la escalera a una muchacha y quedó fulminado. Era Jenny.
Doña Rhoda le comentó que consideraba importante que las jóvenes aprendieran idiomas; sus hijas ya hablaban francés y latín. Bernardino se ofreció a hablarles español. Así se abrió la puerta de la casa.
Se casaron en 1862 y al año siguiente emprendieron viaje a Panamá. Durante la travesía, Jenny se reveló como una observadora extraordinaria, casi antropóloga, casi periodista. Comenzó a escribir cartas a sus hermanas describiendo todo lo que veía.
Y como eran mujeres, le preguntaban detalles que a mí, como antropólogo, quizás se me habrían escapado: ¿cómo se vestían las panameñas?, ¿qué bailaban?, ¿qué comían?, ¿qué joyas usaban?, ¿cuál era la música de moda?
Jenny describe bailes organizados para recibir expediciones científicas o escuadras extranjeras. Cuenta que los panameños podían ser desordenados en muchas cosas, pero sumamente organizados para las fiestas. Apenas se anunciaba un evento, surgían comités: de música, de bebida, de comida, de adornos. Y ella detalla cómo funcionaba cada uno.
Relata el viaje hacia el interior: días enteros en velero, ríos crecidos, dormir en sus orillas, caminos en mal estado, hasta llegar finalmente a Santiago. Allí pinta con enorme sensibilidad a las familias, las conversaciones en los balcones, los bautizos, las navidades, los años nuevos, los velorios, incluso las guerras civiles.
Es un tesoro. Probablemente el único testimonio tan detallado escrito por una mujer sobre el Panamá del siglo XIX, en tiempos del Estado Soberano.
Cuando presenté el libro en Santiago quedé sorprendido. El salón estaba lleno, sobre todo de miembros de la élite local que, de pronto, se veían reflejados en la descripción de sus propios antepasados. Lo que iba a ser una actividad de hora y media terminó durando cuatro horas. La gente quería saber más: quién era pariente de quién, qué familia provenía de cuál.
Ese día, en la Biblioteca Nacional, incluso apareció una señora llamada Jenny White que resultó ser descendiente de aquella joven.
Descubrir esos vínculos ayuda a entender la propia idiosincrasia.
Hay un detalle maravilloso: como el padre de Jenny era asesor cercano del presidente Abraham Lincoln y su madre amiga íntima de la primera dama, antes de partir él le pidió que le escribiera describiendo el istmo. “Leeré hasta la última palabra”, le dijo.
Imagínese usted. Una joven en Santiago de Veraguas escribiéndole al presidente de los Estados Unidos sobre la vida cotidiana en Panamá.
Ese tipo de historias nos permite conectar el pasado con el presente y comprender mejor quiénes somos.”
Fotos cortesía: Stanley Heckadon-Moreno






